sábado, 1 de novembro de 2008

Oportunidade excepcional. Para construção de uma economia global de rosto humano

"Lo que ha sucedido es que la política se ha colocado de nuevo por encima de la economía. Si bien tiene aspectos de salvamento del sistema financiero hay que admitir que desde ahora en adelante ese sistema no podrá andar haciendo de las suyas. La crisis ha reiterado la tesis de la mariposa que bate sus alas provocando un huracán del otro lado del mundo. La oportunidad es buena, excepcional diría, para enfrentar la construcción de una economía global de rostro humano en una democracia del siglo XXI."


La política recobra la primacía


Teódulo López Meléndez *
teodulolopezm@yahoo.com

Me atrevo a decir que lo que hemos visto con la crisis mundial es un ataque frontal de las defensas orgánicas frente a la enfermedad del economicismo. Nuestras vidas, nuestra organización social, todos nuestros intereses, han estado centrados en la economía. Más allá de las causas puntuales de la crisis y de los análisis profundos o desvariantes que hemos escuchado, lo que hemos visto es el quiebre de una preponderancia inadecuada, de un privilegio antihumano, esto es, de la primacía de la economía como guía y señora de la organización del hombre sobre este planeta. Una, además, inepta para corregir las desigualdades y para afrontar la creciente pobreza de una parte inmensa de la población mundial.

No me atrevo a asegurar que la insensibilidad de las cifras económicas sea sustituida ahora por una especie de renacer del interés en el hombre, pero más allá de análisis catastróficos sobre el sistema financiero de este mundo globalizado, más allá del papel del Estado como corrector de las anarquías de los mercados, más allá de los señalamientos burlones sobre la necesidad de intervención sobre este sustrato que supuestamente tiene sus propias medicinas con la condición de que nadie lo toque, a lo que hemos estado asistiendo en estas semanas es a la pérdida de la primacía de lo económico, a la caída de la economía nuevamente bajo la égida de la política.

Uno de mis temas predilectos en el desarrollo de la tesis sobre una democracia del siglo XXI ha sido plantear que la democracia dejó de ser el gobierno del pueblo para convertirse en un sistema que permite que los mercados funcionen con libertad. No soy un intervencionista a ultranza, ni creo que el estado debe poner corsés a la actividad económica. En la economía, como en todas las actividades humanas, debe haber libertad, pero lo que es inaceptable es que el mercado se convierta en un mecanismo superior de regulación social y convierta a la democracia en una mera condición para su funcionamiento. Lo he dicho de otra manera: a lo que hemos llegado es a un punto donde los precios están por encima de los votos.

Es esto, en el fondo, lo que se ha quebrado con la presente crisis mundial. Ha quedado demostrado que la economía debe estar sujeta a la política, que la economía es subsidiaria de la democracia, y no a la inversa. En otras palabras, es en el campo de la política donde se perfecciona el orden económico. Cuando observamos las intervenciones de la Reserva Federal o las contradicciones en el seno del Partido Republicano por una violación de la hasta ahora inviolable ortodoxia de respeto a las correcciones del mercado que también cobra sus culpables, o la decidida acción de los gobiernos europeos, lo que vemos es a la política reasumiendo su verdadero estatus que la coloca por encima de la economía.

Este dominio, llamémoslo dictatorial, de la economía sobre la política, tuvo como consecuencia un alejamiento entre ambas partes hasta llegar a un divorcio de hecho. Quizás la oportunidad más interesante de la crisis es atacar la dicotomía entre una economía que sólo busca ganancias y una política que debe procurar la defensa de los intereses colectivos. Esta nueva convivencia posible requiere de un análisis agudo de cómo los intereses comunes se expresan en el Estado y en las formas y contenidos en que se expresa la democracia del siglo XXI que debe sustituir a la democracia de la era industrial. Es de estas causas, de estas condiciones objetivas, de esta verdad democrática, de las cuales dependerán los elementos de una economía sana.

No hay sistemas económicos perfectos, ni recetas infalibles, pero como siempre que hablamos de democracia hay que decir que la meta es encontrar el equilibrio y que la ciudadanía debe participar en las decisiones económicas, como en las demás, en procura de la superación de los desequilibrios que se originan en el mercado, como ha quedado exhaustivamente demostrado con la crisis mundial.

Es aquí donde hay que admitir –en el caso específico venezolano- que hay que marchar hacia nuevas formas de organización económica sin que ello implique la ruptura de asuntos como el de la propiedad privada. Es perfectamente posible el desarrollo de una economía solidaria sin romper el mercado, porque la única verdad es que hay que reinventar, inclusive al mercado. La economía debe tener aspectos microsociales que para nada rompen la capacidad de elección.

Aquí lo que ha sucedido es que la política se ha colocado de nuevo por encima de la economía. Si bien tiene aspectos de salvamento del sistema financiero hay que admitir que desde ahora en adelante ese sistema no podrá andar haciendo de las suyas. La crisis ha reiterado la tesis de la mariposa que bate sus alas provocando un huracán del otro lado del mundo. La oportunidad es buena, excepcional diría, para enfrentar la construcción de una economía global de rostro humano en una democracia del siglo XXI.

* Escritor e diplomata venezolano

terça-feira, 28 de outubro de 2008

Pressente-se no ar uma lógica de Lampedusa

Explicitanto: « Infelizmente, pressente-se no ar uma lógica de Lampedusa: mudar alguma coisa para que tudo continue na mesma.»

Mas, «sem uma consagração de países “do Sul” no eixo de uma nova ordem internacional, sem uma revolução nas estruturas multilaterais que as coloque em consonância com os equilíbrios reais do mundo contemporâneo, estar-se-á, simplesmente e uma vez mais, a enterrar a cabeça na areia.»

Artigo destinado ao Brasil (publicado na Gazeta Mercantil) mas, sendo artigo definido, com muito ou bastante para Portugal reter.


Viva a crise?


Francisco Seixas da Costa*


Por todo o mundo, o ano de 2008 vai encerrar num mar de incertezas, provocadas por uma grave ruptura de confiança no sistema internacional, a qual acabou por colocar em causa a fiabilidade dos próprios mecanismos político-económicos de regulação a nível global, muitos deles com mais de meio século de existência.

Ilusões à parte, todos os países parece irem pagar, embora em escala diversa, uma factura pelos efeitos desta crise, que vai colocar em cheque os respectivos processos de desenvolvimento e arrastar consigo consequências sociais e políticas, de uma dimensão por ora difícil de prever. Não havendo “ilhas” no mundo global, restam almofadas nacionais de atenuação de impactos, cuja eficácia variará sempre na razão inversa do tempo que a crise durar.

Os sinais parecem mostrar que não estamos perante um tempo de mero ajustamento e reabsorção de uma instabilidade conjuntural, mas sim em face da falência de parte importante de um modelo económico que, por muitos iluminados, era tido por modelar e eterno, talvez mesmo “o fim da História”… Ironicamente, as receitas para afrontar esta instabilidade não saíram da cultura económica até agora dominante, mas de uma terapêutica cujos fundamentos se situam nos seus antípodas e que certos meios tinham colocado já no caixote do lixo da História.

A grande incógnita está agora em saber se este choque de realidade tem condições para gerar uma vontade colectiva, susceptível de motivar uma reforma drástica das principais instituições que tutelam o sistema internacional – ONU, Bretton Woods, Organização Mundial de Comércio e até os mecanismos de Quioto – ou se, muito simplesmente, vamos assistir a um forçado consenso em torno de remendos pontuais, fruto do desejo de preservar, a todo o custo, estatutos adquiridos. Infelizmente, pressente-se no ar uma lógica de Lampedusa: mudar alguma coisa para que tudo continue na mesma.

Como eixos centrais da economia global de mercado, a União Europeia e os Estados Unidos têm, no modo como souberem posicionar-se perante esta crise, um especial teste de credibilidade. Se as suas lideranças se sentirem tentadas a gizar uma espécie de duopólio para a gestão futura do sistema, convocando terceiros para desempenhar apenas papéis secundários, todos estaremos a adiar uma solução racional e sustentável. Se, ao invés, favorecerem soluções inclusivas, que lhes podem garantir importantes alianças na gestão de novos surtos de instabilidade, poderemos estar a dar os primeiros passos no caminho para um novo sistema político-económico internacional. Esta é a posição que um país como Portugal tem vindo a afirmar, assumindo-a como a única que é susceptível de garantir uma resposta à altura dos riscos que nos são comuns.

O Brasil aparece, neste contexto, como um actor com óbvio direito a reivindicar um papel de relevo neste novo cenário, a par de outras grandes economias emergentes. A sua dimensão relativa, a sua liderança em modelos de modernidade energética e o elevado sentido de responsabilidade que tem demonstrado no exercício da sua gestão financeira interna, bem como na sua acção no quadro multilateral, em vários tabuleiros, assim o justificam plenamente. Uma maior inclusão do Brasil nos mecanismos decisórios da governança global é, a nosso ver, uma condição indispensável para a relegitimação política e para a salvaguarda operativa desses mesmos mecanismos. Sem uma consagração de países “do Sul” no eixo de uma nova ordem internacional, sem uma revolução nas estruturas multilaterais que as coloque em consonância com os equilíbrios reais do mundo contemporâneo, estar-se-á, simplesmente e uma vez mais, a enterrar a cabeça na areia.

Há crescentes sinais de que o G8, o grupo dos países de economia de mercado mais industrializados, pode vir a aparecer colocado no centro deste esforço de racionalização do sistema internacional, por corresponder à maioria dos poderes fácticos que têm condições de fazer pesar a sua vontade sobre algumas das instituições que hoje enquadram tal sistema. Porém, o G8, tal e qual existe, é hoje uma estrutura “nortenha”, onde preponderam alguns óbvios responsáveis por esta crise, por acção ou omissão, e onde não têm assento algumas economias emergentes, sem a contribuição das quais todas as hipóteses de solução não passarão de falácias. A questão está em saber-se se haverá, ou não, coragem para mudar este paradigma.

Um clássico em desuso, que alguns, discretamente, terão ido buscar às prateleiras nestes dias turbulentos, escreveu que “a crise é parteira da História”. Esperemos que, ao menos desta vez, ele venha a ter razão.

* Embaixador, Chefe da Missão Diplomática de Portugal em Brasília

quinta-feira, 6 de março de 2008

Colômbia, Equador, Venezuela. O falso e o verdadeiro problema da OEA

"Lo que hemos visto en el debate del Consejo permanente de la OEA es un desfase total en el plano jurídico. Lo personalizo en la muy atrasada intervención del embajador argentino con su rotundo “no”, uno que encarnaba el desconocimiento de la nueva realidad mundial con la aparición del terrorismo. Un Estado no puede albergar en su seno – especialmente si es consentido - a una organización calificada de terrorista y muchísimo menos a una que está en actividad para derrocar al gobierno de otro Estado."

El limbo y el azar


Teódulo López Meléndez*

El derecho no es un cuerpo rígido, una especie de cadáver tieso o una tabla bajada de la montaña para ser aplicado con un golpe seco sobre la cabeza de los hombres o de los Estados. El derecho se renueva para cubrir las realidades que nacen en el seno de las comunidades humanas y en las relaciones entre Estados. El principio de soberanía está muy limitado por la creciente conformación de bloques regionales y se subsume en una renuncia voluntaria a favor de órganos multilaterales. El principio de inviolabilidad territorial se ha visto afectado por la aparición del terrorismo como fenómeno malicioso en los finales del siglo pasado, uno que ha propiciado numerosas resoluciones de las Naciones Unidas sobre la prohibición a los Estados de albergar en su propio territorio organizaciones que los usen como santuarios para incurrir en actos de esta naturaleza.

Los gritos de reclamo de soberanía son estentóreos en un mundo globalizado donde las instancias voluntarias establecidas por los Estados asumen cada vez más competencias. Los bloques regionales – caso Europa - han avanzado más –es cierto- que las mismas Naciones Unidas en la conformación de mecanismos supranacionales, pero aún así hay avances como el establecimiento de la Corte Penal internacional, institución que contó en su momento con el rechazo norteamericano ante el temor de que sus propios soldados pudiesen ser juzgados allí luego de alguna intervención en el exterior.

Escuchar hablar de soberanía en la Europa de hoy es algo así como un contrasentido, cuando las instituciones que se han construido (Banco Central Europeo, Comisión Europea, Parlamento Europeo, Corte Europea, etc.) son establecimientos depositarios de renuncia a ese viejo concepto. En América Latina los atrasos son siempre la norma. Los procesos de integración son frenados porque se alega que esa o aquella institución “afecta la soberanía nacional”. La fijación de un arancel externo común es violado repetidas veces, en los procesos de creación de un aro externo conjunto, porque los Estados se permiten alegar que aquella disposición –o la de más allá- afecta a algún producto agrícola o industrial. Es por ello que la Comunidad Andina de Naciones fue débil y que el MERCOSUR es un cuerpo informe que se niega a tomar forma. En este continente seguimos viviendo de la “soberanía” como un principio irrefutable, causa por la que la integración sigue siendo una entelequia.

Los escasos y débiles mecanismos que ha logrado construir la OEA sirven mientras no se metan conmigo “Estado soberano”. El ejemplo patético lo tenemos cuando el entonces presidente Fujimori se retiró de la Corte Interamericana porque produjo una sentencia que le era desfavorable. Hay que admitir, no obstante, que esa medida unilateral tomada por el entonces Estado peruano contribuyó al proceso de caída de un presidente que pretendía eternizarse en el poder mediante mecanismos fraudulentos.

Lo que hemos visto en el debate del Consejo permanente de la OEA es un desfase total en el plano jurídico. Lo personalizo en la muy atrasada intervención del embajador argentino con su rotundo “no”, uno que encarnaba el desconocimiento de la nueva realidad mundial con la aparición del terrorismo. Un Estado no puede albergar en su seno – especialmente si es consentido - a una organización calificada de terrorista y muchísimo menos a una que está en actividad para derrocar al gobierno de otro Estado. No obstante, para el atrasado Estado argentino los principios jurídicos son inmutables, inmodificables, eternos, Son los devaluados populistas los que gritan el devaluado principio de la soberanía.

Veamos ahora los bordes de la palabra-concepto llamada agresión. Un Estado agrede a otro cuando ataca ciudadanos o bienes de ese país, causando muertos o heridos o destrucción física. En el caso que nos ocupa el Estado colombiano atacó a un grupo de sus propios ciudadanos alzados en armas para derrocar a su gobierno legítimo, no causó ningún daño a ciudadano ecuatoriano alguno y en el plano físico destruyó algunos árboles, lo que, si abandonamos la seriedad por un momento y nos ponemos jocosos, bien podría repararse con una siembra masiva de alguna planta que el Ecuador considere adecuada a su medio ambiente.

Como diplomático admito que la decisión del Consejo Permanente de la OEA ha sido equilibrada. Al fin y al cabo ha reconocido lo innegable –fuerzas armadas colombianas entraron en territorio del Ecuador-, ha nombrado una comisión investigadora y ha convocado lo conveniente: una Reunión Extraordinaria de los Ministros de Relaciones Exteriores, una que no irá más allá de lo decidido por el Consejo Permanente, pero cuyos lapsos contribuirán a bajar la presión diplomática. Como político debo ocuparme de los desequilibrios. He seguido paso a paso la actuación del presidente Correa y debo decir que es un desequilibrado. Este hombre está muy lejos de calzar los zapatos de un estadista. Es un individuo voluble, influenciable, marcado por un nacionalismo extemporáneo. Su declaración de Caracas, en reunión con su par venezolano, en el sentido de que si la OEA no condena a Colombia lavará por sus propios medios la afrenta, es una declaración de un muchacho loco que ejerce chantaje contra una instancia multilateral y deja planteada la opción bélica.

El problema jurídico-político que la OEA deberá enfrentar – y que no está en capacidad de afrontar por sus debilidades intrínsecas - es, sin embargo, muchos más grave. Es el novedoso de Estados miembros albergando en su seno organizaciones dedicadas a derrocar al gobierno de otro Estado y, por si fuera poco, vinculadas al narcotráfico y a la práctica de delitos aborrecibles como el secuestro. Aquí no se trata de las viejas conspiraciones latinoamericanas desarrolladas en otros territorios para derrocar a alguna dictadura militar, sucedidas, por lo demás, en una OEA llena de dictaduras. Esto no es siquiera la ingerencia cubana exportando su revolución y que se resolvió con la expulsión de Cuba de la OEA. Estamos ante hechos inéditos. Dos Estados han estado negociando con las FARC, y al menos uno de ellos financiándolas y proporcionándoles logística de guerra. Pobre OEA: los viejos principios a los que se ha aferrado siempre se diluyen ante sus ojos, lo que se ha denominado sistema interamericano, uno que no tenía fuerza siquiera para afrontar los conflictos tradicionales, ahora deberá ocuparse de asuntos que trastocan las viejas concepciones jurídicas y que ponen patas arribas las antiguas soluciones políticas. Por si fuera poco, a lo de los Estados involucrados en las prácticas aborrecibles, deberá sumar un conjunto de Estados miembros que denominaré “patinetas”. Lo hago porque el otro día estuve caminando en un parque y descubrí que las patinetas ya no tienen dobles ruedas, sólo una delante y otra atrás y un eje en el medio que hace que los niños muevan todo el cuerpo para orientarla y mantenerla en equilibrio. Estados “patinetas” son Argentina y Brasil, por ejemplo.

El verdadero asunto no es que el gobierno venezolano saque de paseo a sus soldados o que el inmaduro Correa nos compruebe que el querido Ecuador se la pase eligiendo presidentes buenos para alcalde de pueblo. El verdadero asunto está en que una vez más la comunidad latinoamericana enfrenta dilemas sobre los cuales no tiene la menor idea de cómo proceder. Y como no la tiene, ni la tendrá, jamás podrá aferrar el asunto gravísimo de Estados protectores de organizaciones terroristas, lo que conllevará a que el asunto escape completamente del ámbito regional para pasar a ser tema de política internacional con pronunciamientos de las potencias y competencias jurídicas de las instituciones establecidas por el mundo que supo desde hace tiempo como se enfrentan las nuevas perturbaciones y los nuevos requerimientos al derecho. En otras palabras, seremos, una vez más, un continente en el limbo para el cual las resoluciones de sus conflictos caen siempre en el azar.

*Escritor e diplomata venezolano